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¿POR QUÉ LEER A IVÁN ILLICH EN EL 2008?

¿POR QUÉ LEER A IVÁN ILLICH EN EL 2008?

(Dirigido en particular a los que estudian o practican el gobierno y la administración pública)

Por RAÚL OLMEDO

¿Por qué leer a Illich en el año 2008? Tengo varias razones por las cuales me parece que Illich nos ayudará a comprender los problemas teóricos e históricos de nuestro momento: 1) Illich es un gran analista crítico de la sociedad industrial. Tal vez sea el analista más penetrante del sistema industrial en la segunda mitad del siglo XX y lo que va del XXI, que abarca el estudio de las diferentes instituciones: la industria de la educación, la industria de la salud, la industria de la energía, la industria del transporte, etc. Lo más interesante de Illich es que él logró percibir con una gran claridad desde la década de 1960 que la contradicción histórica fundamental del siglo veinte no era entre capitalismo y socialismo sino entre sistema industrial y sistemas (más bien modos de vida social) no industriales. La contradicción entre capitalismo y socialismo real era y es secundaria, ya que consiste únicamente en la contradicción entre dos vertientes del mismo sistema industrial: la vertiente capitalista y la vertiente socialista. El derrumbe del llamado "socialismo realmente existente" (para distinguirlo del socialismo teórico, ideal) desde principios de la década de 1990 ha sido el derrumbe de la vertiente socialista del sistema industrial.

Esta vertiente desarrolló un sistema industrial dentro de un sistema político muy rígido, jerarquizado, burocrático, que en una primera fase impulsó de manera acelerada el desarrollo de las fuerzas productivas pero que después impidió este desarrollo al persistir las mismas formas políticas rígidas. El desarrollo del sistema industrial exigía una flexibilización y una apertura de las formas capitalistas. De ello atestiguan los debates que surgieron desde el inicio de la construcción del socialismo entre aquellos que pugnaban por erradicar toda propiedad privada y todo intercambio mercantil y aquellos que proponían una economía socialista donde funcionara la ley del valor, debate que resurgió en la década de 1960 con las reformas Liberman-Trapeznikov, y que desembocó finalmente en la Perestroika de Gorbachov. El derrumbe del socialismo en los años noventa no fue en realidad el derrumbe del socialismo sino de la vertiente socialista burocrática del sistema industrial. Tampoco fue el derrumbe del sistema industrial en esos países sino solamente la liberación de ese sistema industrial de la rigidez a que lo sometía el socialismo burocrático y su transformación hacia un sistema industrial de vertiente capitalista.

Y es que el sistema industrial implica, como parte consustancial de su desarrollo, el intercambio mercantil, el cual siempre existió y fue proliferando cada vez más, tanto de manera subterránea como de manera abierta, en los países socialistas hasta hacer estallar el sistema político del socialismo –expresado en forma simbólica en la destrucción del Muro de Berlín– para convertirse en la forma legal del sistema industrial en esos países. Illich vio con mucha anticipación lo que los marxistas no pudieron ver por estar metidos --y por haber nacido-- dentro de la confrontación y la guerra caliente y luego fría entre el mundo capitalista y el mundo socialista. Para los que siempre desearon un sistema social más justo que el capitalismo optaron y tomaron partido por el socialismo y, en consecuencia, por los países que, con todos sus defectos, eran los únicos que decían practicar el socialismo.

No se dieron cuenta de que ese socialismo representaba un sistema industrial de desarrollo acelerado mediante una forma política autoritaria y casi militar, que en los sesentas ya había alcanzado su etapa de rendimientos decrecientes. Y no se dieron cuenta porque se fueron por la forma y no por el contenido. No aprendieron a analizar, como Illich, a las instituciones del sistema industrial sino sólo a criticar los efectos negativos del sistema capitalista para compararlos con los innegables logros del sistema socialista. Illich --a quien comencé a leer justo después de la destrucción del Muro de Berlín-- me permitió comprender de inmediato que el derrumbe de los países socialistas no era por ser socialistas sino por ser sistemas industriales trabados en su desarrollo por las formas burocráticas que estorbaban las relaciones de intercambio y que impedían el desarrollo de la propiedad privada y del mercado. La lectura de Illich pudo haber evitado la epidemia de "decepción" que sufrieron tantos marxistas, decepción que a unos los condujo a una actitud escéptica y pasiva y a otros a una admiración y militancia por el capitalismo triunfante, modernizador y globalizante, en una era de intenso cambio tecnológico y de "progreso".

Siguiendo el camino de Illich, lo que ahora me parece más importante es seguir profundizando en el análisis crítico del sistema industrial mundial --ahora ya casi todo en la vertiente capitalista-- y del sistema industrial del país y de la región donde uno vive. La crisis de la vertiente socialista del sistema industrial no es, a final de cuentas, más que la expresión de la crisis del sistema industrial mundial en su conjunto, incluyendo la vertiente capitalista. Y lo que está en cuestionamiento no es tanto la forma socialista o capitalista sino el contenido mismo del sistema industrial, que está generando cada vez con mayor intensidad sus efectos contraproducentes y destructivos del planeta y de la humanidad. Leer a Illich es, pues, una necesidad imperiosa en nuestro momento actual. 2) En su análisis crítico del sistema industrial, Illich hace simultáneamente una crítica de la economía política en general. Señala que la economía política, desde su nacimiento hasta nuestros días, ha estructurado sus diferentes teorías e interpretaciones en torno a los conceptos de producción y de distribución y ha dejado de lado, como subordinado y secundario, el concepto consumo. En otras palabras, la economía política o la teoría económica simplemente --no importa su forma o tendencia-- sólo ha tomado como objeto de estudio el "valor de cambio" y sus expresiones: el capital y el trabajo asalariado, pero ha descuidado una realidad que se ha ido imponiendo a lo largo del desarrollo del sistema industrial: el valor de uso y su expresión como "trabajo fantasma". En la actualidad, el "trabajo fantasma" constituye la parte mayor de la energía social, y es la que sostiene y le da posibilidad de existencia al trabajo asalariado. La economía que estudian los economistas es apenas la punta del iceberg que sobresale del agua y que está sostenida por la enorme masa del "trabajo fantasma". Por lo tanto, la teoría económica es parcial y no puede dar cuenta de la realidad social total. Es necesario adentrarse en el análisis del "trabajo fantasma" y de sus innumerables y crecientes formas para comprender el funcionamiento del sistema industrial y sus efectos contraproducentes.

El pensamiento de Illich viene a revolucionar la teoría económica, el análisis económico, la manera de abordar el problema de la producción, la distribución y el consumo. Representa una verdadera "ruptura epistemológica" en la historia de las teorías de la economía y de la economía política, incluyendo a la "crítica de la economía política" de Marx y de los marxistas. Yo diría que viene a darle una nueva formulación a la teoría original de Marx. En todo caso, Illich desarrolla una formidable crítica al sistema industrial, que es compatible y que enriquece enormemente a la “crítica de la economía política” de Marx. Y, en última instancia, estoy seguro de que después de leer a Illich, la relectura de Marx dará frutos insospechados. 3) En su libro El género vernáculo (Gender) Illich analiza las relaciones entre el género masculino y el género femenino tanto en las sociedades industriales como en las no industriales y establece las diferencias. Este análisis, complementario del análisis del "trabajo fantasma", ofrece nuevas luces para comprender este tema fundamental de la humanidad. Su estudio sobre la transformación de las sociedades no industriales regidas por el género en sociedades industriales regidas por el sexo se vuelve una verdadera fuente de sugerencias para el análisis económico, político, social y cultural. 4) El pensamiento de Illich es radical y se ubica fuera del terreno de combate entre las ideologías de “derecha” y de “izquierda”, las cuales, a pesar de sus diferencias, desean y proponen un desarrollo industrial que no tenga los “defectos” depredadores e inhumanos del industrialismo.

Pero para Illich no existe la posibilidad de un sistema industrial sin efectos contraproducentes. El dilema no está entre el industrialismo “bueno” y el industrialismo “malo” sino entre la sociedad industrial (cuyos efectos contraproducentes son consustanciales) y la búsqueda de alternativas, es decir, de modos de vida no industriales. Illich no ofrece soluciones concretas sino que, a partir de su crítica, señala caminos. No hay una utopía Illichiana, a la manera de Fourier o de Tomás Moro, por ejemplo. Sus estudios de la Edad Media permiten contrastar a las sociedades pre-industriales con las sociedades industriales, y por ahí vislumbrar lo que podrían ser las sociedades post-industriales en el sentido de no-industriales. El radicalismo de Illich nos permite escapar, salir, de los estrechos límites del debate actual centrado en cómo mejorar el industrialismo, tanto en los enfoques desde la derecha como en los enfoques desde la izquierda, y así ampliar el espacio imaginario y liberar la creatividad del pensamiento. Pensar lo impensable es una necesidad urgente.

5) Posiblemente Illich nos parezca demasiado especulativo en su radicalismo, tanto más cuanto que no ofrece soluciones concretas, ni siquiera utopías, y sin embargo su análisis crítico de la sociedad industrial es eficiente, se basa en pruebas, es convincente. Donde deja de ser convincente, para quienes tienen el pensamiento apresado en el deseo industrialista, es en el tema de la alternativa, de la solución concreta. La tendencia del ser humano es la de irse por donde le señalan soluciones concretas, así sean falsas utopías o soluciones que empeoran su situación. El ser humano no soporta enigmas y por eso crea soluciones ilusorias. Es preciso entender que vivimos en una época de crisis del sistema industrial, que es una crisis de civilización. Las soluciones concretas sólo pueden existir, en este ámbito, como soluciones individuales pero no sociales. Lo social es lo sistémico del industrialismo, de manera que es necesario transformar el sistema industrial en modos de vida colectiva no-industriales. Sin embargo, es al nivel de las soluciones “micro”, individuales, familiares, comunitarias, donde pueden comenzar a ensayarse y a construirse las bases de las alternativas al sistema industrial. Las prácticas fuera del sistema industrial son difíciles pero necesarias para iniciar, por lo menos, un proceso de “conversión” de las mentalidades. 6) En efecto, me da la impresión de que Illich apela a la “conversión” de las mentalidades, que conlleve a una conversión de las prácticas y de los modos de vida de los individuos y de las colectividades, como una condición para preparar el advenimiento de la sociedad post-industrial no-industrial.

Renunciar a la idea de "progreso" es un problema de conversión mental. Para nosotros es impensable vivir sin televisión, sin computadoras, sin teléfono celular, sin internet. Sin embargo, yo nací y viví mi infancia hasta los doce o quince años sin todos estos artefactos. Y la humanidad ha vivido milenios sin estos artefactos del progreso técnico y comercial. Los niños dependen hoy de la adicción televisiva y se sienten infelices si no ven la televisión. Esperamos con ansiedad los nuevos artefactos. Caímos también en la adicción a las innovaciones técnicas y tecnológicas y ya no podemos vivir sin ellas. Los pobres y los miserables no poseen nada más que una televisión y una radio.

Y es a través de ellas que convierten a la familia en una verdadera fábrica de imaginaciones, de ensoñaciones, de esperanzas, de identificaciones con las clases sociales que sí tienen y que monopolizan la riqueza y los beneficios del sistema industrial. La producción de imaginario engendra el deseo de ser como los que sí tienen. Y lo logran: en el dominio de lo imaginario lo tienen porque viven imaginariamente la realidad supuesta de los ricos. Si midiéramos el tiempo y las energías gastadas por la familia en ver la televisión y, después de apagado el televisor, los comentarios, los sueños, las ensoñaciones despiertos, captaríamos mejor cómo este "trabajo fantasma" que los individuos, las familias y la sociedad entera desarrollan para sostener en pie el sistema industrial, para desear el sistema industrial a pesar de sus efectos contraproducentes que se abaten sobre ellos, es un tiempo mucho mayor que el que dedican al trabajo remunerado y a la reproducción de su vida biológica. Tal vez este aspecto de la producción industrial de lo imaginario --y de la producción bajo la forma de "trabajo a domicilio" de lo imaginario-- que es producción de deseo masoquista de industrialismo, es uno de los aspectos que Illich sólo desarrolla de manera incipiente y que, combinado, por ejemplo, con los trabajos de Foucault, Deleuze, Guattari, Derrida, etcétera, contribuirían a profundizar en la crítica al sistema industrial como sistema de dominación.

La idea es que, con el advenimiento de la producción industrial de información (mass media, informática), los individuos y la sociedad son conducidos sutilmente a un trabajo forzado (trabajo fantasma) que les consume una parte sustancial de su tiempo de vida y de sus energías a producir el deseo de vivir dentro del sistema industrial y el deseo y el placer de sufrir la dominación y los efectos contraproducentes del sistema industrial. Y este trabajo fantasma de producción de deseo se convierte en la mayor adicción del individuo, desde los niños más pequeños (trabajo infantil forzado y no remunerado) hasta los ancianos, que no pueden despegarse de la televisión. En otras palabras, Illich abre nuevos espacios de investigación en el dominio de la producción de lo imaginario, paralelos a los esfuerzos de otros teóricos que trabajan en sentidos semejantes.

El trabajo de producción de lo imaginario --producción de deseo de sometimiento al sistema industrial-- concebido como trabajo fantasma es una rica veta de investigación. 7) El pensamiento y la obra de Illich son totalizadores, como en los grandes clásicos. Sin embargo, Illich tiene la virtud de no formular un "sistema" cerrado sino dedicar su trabajo al análisis concreto de los diferentes aspectos e instituciones del sistema industrial. Por eso no ofrece utopías sino solamente enigmas. Illich no establece una separación tajante entre el Estado y la sociedad. En su método de análisis de las instituciones muestra cómo el Estado y la sociedad son partícipes de un mismo proceso. Por ejemplo, en su análisis de la institución educativa (sistema industrial de producción de educación) la escuela aparece como el lugar donde el Estado y la sociedad interactúan, fundiéndose en un solo ente productor de efectos económicos, sociales, culturales y políticos. La idea de que el Estado ofrece servicios educativos y la sociedad consume esos servicios para elevar su bienestar es una idea falsa que recubre una realidad lacerante: el Estado organiza a los profesores y alumnos para producir efectos convenientes al sistema industrial. Las escuelas son campos de concentración "voluntarios" y "deseados" por la propia sociedad. Así, la crítica al sistema educativo es la crítica a la propia sociedad que se deja involucrar, y que incluso exige su involucramiento, en procesos contrarios a sus intereses. Desde el punto de vista de la teoría del Estado, del gobierno y de la administración pública, Illich abre nuevas perspectivas.

La división clásica entre Estado y sociedad civil, funcional al sistema industrial (de hecho esta dicotomía surgió y se desarrolló paralelamente y como parte del desarrollo del sistema industrial), aparece, con el enfoque de Illich, como las dos caras de una misma moneda: la sociedad vista desde el lado de los dominadores y la sociedad vista desde el lado de los dominados, pero con la salvedad de que cada persona vive y maneja a su manera los papeles de dominador y de dominado. El Estado ha ido reduciendo su ámbito de acción y de “gobernabilidad” hasta el punto que en los países subdesarrollados la mitad, por lo menos, de la población es marginada de los beneficios del desarrollo. En esa mitad de la población el Estado no gobierna los recursos humanos y naturales de la sociedad, es decir, no tiene el poder para convertir esos recursos potenciales en riquezas reales. Cuando más, controla y reprime, pero no gobierna en el sentido positivo de la palabra, es decir, no aprovecha de manera productiva la energía social ni las potencialidades de la sociedad y del territorio. En el orden práctico para los gobernantes y administradores públicos, el pensamiento de Illich puede ser un punto de referencia y de inspiración para organizar a la sociedad de una manera más productiva y participativa de los beneficios de la acción del Estado, aún dentro de los límites del sistema industrial.

El Estado tendrá que imaginar y practicar, frente a la gran crisis del sistema industrial mundial y nacional, alternativas que le permitan propiciar una transición menos dolorosa y catastrófica. En lo que se refiere al tema del gobierno local, es decir, municipal y comunitario, el estudio de Illich será muy fructífero. La teoría de la descentralización encuentra en el análisis de las instituciones un método para imaginar la reproducción de "sociedades vernáculas" relativamente independientes del sistema industrial por su capacidad de autosuficiencia. Encontrar y revalorar "la riqueza de la pobreza" como un sistema paralelo y relativamente independiente del sistema industrial podría constituir un eje de los programas estatales contra la pobreza. De esta manera, la lucha contra la pobreza se convertiría en lucha por modos de producción cada vez más independientes del sistema industrial, formando circuitos o ámbitos de autosuficiencia familiar, comunitario, municipal y regional. 8) Illich, como todo gran pensador, se presta a múltiples interpretaciones y usos. Yo mismo me veo en la necesidad de generar diferentes interpretaciones, dependiendo del contexto en el que me encuentro en un momento dado.

Cuando lo estudio para mí, con profundidad, adopto una interpretación radical y digo “este mundo industrial no tiene remedio”. Y cuando, como profesor de gobierno y administración pública, me dirijo a mis alumnos, a mis colegas profesores o a autoridades municipales en capacitación, mi interpretación de Illich es otra, para hacerles entender que sin Illich están perdidos y con Illich a lo mejor liberan su imaginación para intentar promover, incluso a título de experimento, colectividades más convivenciales, aunque sea como islas en un opresivo y cada vez más calamitoso mar industrial. 9) El pensamiento de Illich tiene un inmenso potencial revolucionario y transformador de la sociedad y de la cultura, tanto más cuanto la crisis del sistema industrial se profundiza. El momento es muy favorable para difundir ampliamente el pensamiento de Illich, tanto en el mundo como en México.

La publicación en español de sus Obras reunidas (FCE) hace accesible su lectura en el mundo de habla hispana. Ahora bien, en este proceso de difusión ¿cuáles podrían ser las tareas de quienes hemos incorporado, en mayor o menor medida, el pensamiento de Illich en nuestras maneras de ver la vida y en nuestras conductas, con el fin de sus obras puedan ser leídas y estudiadas, por ejemplo, en las universidades? Apunto algunas ideas a deliberar: Tarea 1) A mi manera de ver, los lectores e intérpretes de la obra de Illich nos encontramos con que él abordó cuatro dominios más o menos distinguibles: a) el análisis y el desmontaje de las instituciones de la sociedad industrial (la escuela, la salud, el transporte, el agua, etc.), que constituye una grandiosa aportación a las ciencias sociales. Es lo que podríamos llamar el dominio “científico” de su obra. b) las reflexiones sobre los “sistemas” (o instituciones) en general, que constituye lo que podríamos llamar la parte “filosófica” del pensamiento de Illich. c) las reflexiones “teológicas” (sobre la encarnación, la corrupción, el buen samaritano, etc.) d) un dominio que los lectores e intérpretes, tanto los eruditos como los apenas iniciados en la lectura de Illich, tratamos de derivar en la práctica cotidiana de nuestras vidas: cómo liberarnos concretamente de la dependencia, en cada aspecto de nuestra existencia, de los sistemas que nos expropian nuestra autonomía y que inhabilitan nuestras capacidades autosuficientes. Este dominio llega a veces a tomar la forma de recetas para la “superación personal”. En consecuencia, es necesario distinguir con claridad estos cuatro dominios o campos de reflexión y acción, pues mezclarlos podría conducir a confusiones y a callejones sin salida. Por otra parte, dada la laicidad de las universidades públicas, una versión que acentuara el campo “teológico” de Illich provocaría rechazo de parte de los universitarios. De hecho, a mí me ocurrió cuando fui estudiante de la universidad a inicios de la década de 1960: no quise leer a Illich porque sabía que era teólogo. Comencé a leer a Illich treinta años después, hasta 1990. Mi trabajo como analista de la sociedad y como profesor, por un lado, y mi comportamiento como persona, por otro, se hubieran enriquecido enormemente treinta años atrás si hubiese leído a Illich a inicios de la década de 1960.

Por eso, me parece que la primera tarea es trazar de manera constante una línea de demarcación entre los cuatro dominios o campos del pensamiento de Illich, con el fin de destacar lo que pertenece al trabajo “científico” de Illich (en particular, el análisis de las instituciones o sistemas de la sociedad industrial), que sería el dominio más aceptado en las propias instituciones de educación pública, incluyendo la educación media y superior. Es necesario tomar conciencia de que cuando se abordan los dominios de la filosofía y de la teología surgen discrepancias y diversas interpretaciones, incluso contrapuestas entre sí, sobre las categorías y los conceptos. En cambio, cuando se abordan los análisis “científicos” sobre las instituciones de la sociedad industrial brota un acuerdo, más allá de las discrepancias filosóficas y teológicas. En otras palabras, mientras que la filosofía y la teología dividen, la ciencia une. Tarea 2) Es necesario continuar el trabajo de análisis y desmontaje de las instituciones y sistemas de la sociedad industrial que Illich no abordó: por ejemplo, las instituciones de seguridad pública, de los medios masivos de comunicación, de la informática y la información, etc. Estoy seguro de que este trabajo de “desfetichización” aceleraría por un lado, la toma de conciencia social sobre la decadencia, la contraproductividad y la naturaleza inhabilitante de las capacidades humanas, de los sistemas e instituciones industriales y, por otro lado, aceleraría también la conciencia de la necesidad de construir alternativas de vida individual, familiar y colectiva. Tarea 3) También es indispensable trabajar sobre los conceptos y argumentos que permitan construir un discurso que sea fácilmente comprensible para el gran público y no sólo para intelectuales.

Illich no puede seguir siendo ignorado y excluido de las universidades y de la teoría, y mucho menos de la práctica política. Existe un gran malestar en el mundo por la destrucción del planeta y de la humanidad. La sociedad busca explicaciones. Los sistemas les dicen que son “errores corregibles”. Es necesario que el gran público, a través del pensamiento de Illich, comprenda la naturaleza perversa e “incorregible” del modelo de vida industrial. ABSTRACT ¿POR QUÉ LEER A IVÁN ILLICH EN EL 2007? (Dirigido en particular a los que estudian o practican el gobierno y la administración pública) Por RAÚL OLMEDO Es posible que Illich sea el analista más penetrante del sistema industrial en la segunda mitad del siglo XX y lo que va del XXI. Él logró percibir con una gran claridad desde la década de 1960 que la contradicción histórica fundamental del siglo veinte no era entre capitalismo y socialismo sino entre sistema industrial y sistemas (más bien modos de vida social) no industriales. Vio con mucha anticipación lo que los marxistas no pudieron ver por estar metidos --y por haber nacido-- dentro de la confrontación y la guerra caliente y luego fría entre el mundo capitalista y el mundo socialista.

El pensamiento de Illich viene a revolucionar la teoría económica, el análisis económico, la manera de abordar el problema de la producción, la distribución y el consumo. Representa una verdadera "ruptura epistemológica" en la historia de las teorías de la economía y de la economía política, incluyendo a la "crítica de la economía política" de Marx. El radicalismo de Illich nos permite escapar, salir, de los estrechos límites del debate actual centrado en cómo mejorar el industrialismo, tanto en los enfoques desde la derecha como en los enfoques desde la izquierda, y así ampliar el espacio imaginario y liberar la creatividad del pensamiento. Desde el punto de vista de la teoría del Estado, del gobierno y de la administración pública, Illich abre nuevas perspectivas. Y, como todo gran pensador, sus ideas se prestan a múltiples interpretaciones y usos.

Yo mismo me veo en la necesidad de generar diferentes interpretaciones, dependiendo del contexto en el que me encuentro en un momento dado. Existe un gran malestar en el mundo por la destrucción del planeta y de la humanidad. La sociedad busca explicaciones. Los sistemas les dicen que son “errores corregibles”. Es necesario que el gran público comprenda la naturaleza perversa e “incorregible” del modelo de vida industrial, a través del pensamiento de Illich DATOS CURRICULARES DE RAÚL OLMEDO Profesor de Tiempo Completo de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales en el área de Administración Pública. UNAM. Licenciado en Ciencias Políticas y Administración Pública de la UNAM. Doctor en Filosofía de la Universidad de París (Sorbote). Director fundador del Centro Nacional de Estudios Municipales de la Secretaría de Gobernación. Coordinador fundador de la sección financiera del periódico Excélsior. Periodista. Autor de libros sobre filosofía y metodología, educación superior, economía de México, gobierno y administración municipal, participación ciudadana y organización vecinal.

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