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ILLICH A PORTORICO

Iván cómo lo conocimos en los años 1950

Joseph P. Fitzpatrick, S.J. Traducción de Jean Robert  Tratto dalla rivista IXTUS

 El jesuita Joseph Fitzpatrick, muerto hace algunos años, uno de los pioneros del concepto de cultura y maestro de Iván Illich en Nueva York, nos presenta en este texto escrito en 1991, al Illich sacerdote que, al trabajar con los emigrados puertorriqueños y defender el respeto a las particularidades de las culturas en la vida misionera, prefiguraba ya su crítica a las instituciones y lo que sería el trabajo de Samuel Ruiz con las comunidades indígenas de Chiapas. En este Illich descubrimos al agudo teólogo que, muchos años antes del Vaticano II, proponía predicar y vivir a Dios desde el centro de las particularidades culturales de cada pueblo.

 

Iván Illich inició su carrera neoyorquina como joven sacerdote asistente en la parroquia de la Encarnación en Manhattan, donde en pocos años se transformó en el sacerdote querido de una gran variedad de feligreses. Con esta calidad empezó también a ejercer una extraordinaria influencia sobre la administración de la arquidiócesis de Nueva York y sobre los sacerdotes jóvenes. Nueva York, refugio de inmigrantes por más de un siglo, recibía entonces una migración de cientos de miles de puertorriqueños. Este flujo de inmigrantes era un desafío para la ciudad y para la arquidiócesis. El que ésta haya respondido de manera razonablemente adecuada se debió, más que a nadie, a Iván Illich. A los sacerdotes y a sus superiores les dio una visión capaz de guiarlos en la elaboración de un ministerio pastoral muy innovador en relación con los puertorriqueños.

 
Lo conocí en ese contexto y su amistad ha sido una de las mayores bendiciones de mi vida espiritual y religiosa y de mi carrera profesional. Aunque, años más tarde, obras como La sociedad desescolarizada, Némesis médica o El género vernáculo atrajeron la atención sobre sus talentos intelectuales, los que lo conocieron entonces lo recuerdan como un hombre profundamente religioso, capaz de darnos una visión profunda de las realidades de nuestra experiencia interior y de inspirarnos en nuestros ministerios. Recién llegado a la parroquia de la Encarnación, Illich viajó a Puerto Rico, aprendió el español con mucha rapidez, y recorrió la isla a pie durante un mes. Cuando preguntó al obispo ordinario de Puerto Rico, James Davis, si ya había alguien de la arquidiócesis de Nueva York estudiando el medio nativo de los recién inmigrados, éste le contestó que yo había estado ahí y le proporcionó una copia del reporte que le había dejado. Illich lo leyó y me buscó cuando regresó a Nueva York. Me asombró constatar lo mucho que había entendido de la cultura de los puertorriqueños. Retrospectivamente, me doy cuenta de que ya se había empezado a formar en él la visión de que nos guiaría en nuestro ministerio con ellos.

Había captado inmediatamente que, si queríamos servir a los puertorriqueños, lo teníamos que hacer en un estilo espiritual y religioso que tuviera sentido para ellos, y eso sólo se podía hacer en el contexto de su cultura y de sus tradiciones. Veía el peligro de tratar de conformarlos con la imagen del catolicismo irlandés y alemán de Nueva York. Estableció una relación extraordinaria con el cardenal Francis Spellman y lo convirtió a su visión. Luego, en conversaciones conmigo y con los sacerdotes de la arquidiócesis, elaboró el estilo pastoral que tanto nos ayudó a responder a las aspiraciones espirituales de los que acababan de emigrar de la isla. Nos convenció de que, por muy importante que fuera ayudarlos a aprender inglés con fines de educación, de empleo o de actividad política, su práctica religiosa sólo podía tener sentido para ellos en su propio idioma. También insistía en la importancia de que nuestro ministerio les permitiera continuar sus prácticas religiosas tradicionales. Formó una generación de sacerdotes capaces de dar el salto entre la necesidad de dirigirse a anglófonos de nacimiento y, al mismo tiempo, de hablar a sus feligreses puertorriqueños en su propio idioma. Uno de sus logros fue la creación de El Cuartito de María, una de las más creativas respuestas a las demandas de los puertorriqueños. Rentó un departamento en un edificio ocupado por familias originarias de la isla. Con la ayuda de muchachas entusiastas, estableció allí un lugar comunitario informal en el que esas muchachas podían jugar con los niños y cuidarlos mientras sus madres hacían las compras, en donde éstas podían juntarse en conversaciones amistosas y en donde las jóvenes no hacían otra cosa que lo que hubieran hecho en su barrio en Puerto Rico: ser buenas vecinas. Si esta forma de respuesta creativa se hubiera multiplicado, la experiencia de la emigración habría sido mucho más fácil para los recién llegados. Es un ejemplo del liderazgo innovador de Illich. Retrospectivamente, reconozco en él la comprensión de que más que establecer agencias e instituciones para que las atiendan hay que ayudar a la gente a usar sus propias habilidades.
Iván siempre habla de mí como de su maestro, una exageración flagrante. Solía asistir a mis clases en la Universidad Fordham sobre la cultura, la ciudad moderna o sobre estructuras y sistemas sociales. Devoraba los libros que le prestaba. Siendo yo un lector lento, me asombraba la rapidez con la que avanzaba en un libro y su capacidad de recordar lo que había leído. Muchas de las ideas sobre la cultura y las diferencias culturales que son características de mis libros también se encuentran en los suyos. Nunca sabré si él tomó estas ideas de mí o yo de él, o si ambos las tomamos de otra parte. El concepto de cultura estaba empezando a emerger en las discusiones públicas, y yo era uno de los que contribuía a ello. A principio de los cincuenta, cuando pronunciábamos la palabra "cultura", muchos oyentes se preguntaban si estábamos hablando en griego. Después de cuarenta años, me asombra ver hasta qué punto este concepto ha penetrado en la conciencia popular. Pero anticipo. En aquellos años no era así. Iván y yo tuvimos dificultades en Puerto Rico a raíz de mis clases sobre la definición cultural de la moralidad. Yo decía simplemente que el mismo comportamiento puede definirse culturalmente como moralmente correcto en una cultura y como incorrecto en otra. Por lo tanto, insistía en lo importante que es conocer estas definiciones culturales antes de hacer un juicio moral. Iván recordará divertido a un sacerdote entrado en años que le aconsejaba con toda seriedad hacer algo respecto a las conferencia de un tal Fitzpatrick que dañaban a los jóvenes sacerdotes al darles la impresión de que los principios morales son relativos, y no absolutos. Y algunas monjas se escandalizaron bastante cuando me atreví a decir que las uniones consensuales (comunes en Puerto Rico en aquellos años) no eran inmorales bajo esta luz. A pesar de todo lo que Iván dice que aprendió de mí, no se compara con lo que yo aprendí de él. Su erudición era inmensa y tenía el don de percibir cuáles serían las consecuencias, veinte años más tarde, de un programa o de una determinada política. Siempre tuve la impresión de que, gracias a su influencia, estaba yo varios años adelanto o, mejor, como diría el sociólogo Robert Merton, que estaba parado en los hombros de un gigante. Mientras tanto, él entró en contacto con el mundo intelectual, con el padre William Lynch, editor de la revista Thought de la universidad Fordham, así como con Dorothy Dohen, la editora de Integrity, un periódico hecho por un brillante grupo de laicos católicos, mujeres y hombres.

 

Publicaba en Integrity  bajo el pseudónimo de Peter Canon. Uno de sus artículos abordaba en forma muy perceptiva el tema de "la parroquia". En él encontramos ya rasgos de su profundo sentido de la historia y de su sensibilidad a los cambios a los que la Iglesia tiene que adaptarse; encontramos también las semillas de su artículo ulterior sobre la desaparición del clérigo, "The Vanishing Clergyman". Pero la mansedumbre y la moderación de su tono de entonces cambiaría. En estos años tempranos invitaba a los sacerdotes y feligreses a examinar con atención la nueva situación y a considerar los cambios necesarios para que el sacerdote orientara su ministerio conforme a la intención de Cristo. En Integrity publicó otro artículo titulado "Rehearsal for Death" ("Preparación para la muerte") en el que invitaba a sus lectores a esperar la muerte como el advenimiento de una "natividad", a prepararse para ella y a abrazarla en vez de simplemente dejarla que sucediera. Para una persona que estaba en los Estados Unidos desde hacía dos o tres años, el manejo de la lengua era impresionante y su estilo tenía notables cualidades literarias. Fueron mensajes espirituales importantes, inspiradores. En esta época, dio una conferencia sobre la "virginidad", es decir, sobre el voto de celibato, sea en una comunidad religiosa o en la vida laica. No sé si la publicó; debió haberlo hecho. Esta ponencia, un ensayo conmovedor, enfatiza el significado de la virginidad libremente escogida como reconocimiento de la trascendencia de Dios, de su amor y de la fe en la vida eterna en nombre de la cual el creyente célibe consagra sus poderes creativos a Dios, renunciando a engendrar vida nueva en una profesión de fe en la inmortalidad. Añadía así una nueva dimensión al voto de celibato, que había sido generalmente explicado como un sacrificio del amor marital para dedicar su vida entera y su afecto a Dios. Illich me presentó a Dorothy Dohen, y así empezó una amistad a tres. Dorothy era una mujer santa, y para ella la dirección espiritual de Illich fue importante durante muchos años de su vida. Hasta su muerte, en 1984, le pedía que volviera al ministerio sacerdotal (al cual renunció en 1968), pero sus incitaciones no surtieron efecto. Ella apreciaba, como yo, la gran influencia espiritual y religiosa que Iván podía tener sobre la gente, y estaba convencida de que esto, a la larga, era más importante para Dios y su pueblo que los doctos comentarios y las críticas sociales. Por ejemplo, cuando Illich fue asignado a Puerto Rico en 1956, tenía la costumbre de visitar una pequeña comunidad llamada Playita Cortada, no lejos de Ponce. Erigía un pequeño altar en el porche de la pequeña casa de una familia y celebraba la misa con la gente del barrio. Era impresionante ver el impacto de la predicación de Illich sobre esta gente sencilla. Dorothy Dohen siempre se lo recordó y estoy seguro que le dijo varias veces lo que me dijo: "Iván haría mucho más para el pueblo de Dios y por sí mismo si volviera a Playita Cortada. " Este destacado intelectual y diplomático nato se encontraba igualmente bien con campesinos iletrados que con profesores de universidad. De hecho, tenía una increíble capacidad para operar en los niveles administrativos más altos, y fue en estos niveles donde ejerció su mayor influencia.

 
La confianza que le brindaba el cardenal Spellman ha sido un misterio para mucha gente; tenían personalidades tan distintas. Pero Spellman reconoció la importancia de la visión de Illich y la adoptó. A partir de 1954, el cardenal empezó a mandar la mitad de los sacerdotes recién ordenados a la Universidad Georgetown para que aprendieran el español. En 1955, patrocinó en Puerto Rico una conferencia titulada "La atención espiritual a los migrantes puertorriqueños" en la que Illich desempeñó un papel mayor. Era un encuentro en el que sacerdotes estadounidenses y puertorriqueños colaboraron en un programa conjunto para los migrantes. Las contribuciones a esta conferencia fueron luego publicadas en un libro intitulado The Spiritual Care of Puerto Rican Migrants.
En 1956, Illich organizó en Nueva York la primera Fiesta de San Juan Bautista al aire libre. La celebración de fiestas pastorales es una tradición importante en Puerto Rico y la Fiesta de San Juan inauguraba esta práctica en Nueva York. Treinta mil puertorriqueños se reunieron en el campus de la Universidad Fordham para celebrar este día con el cardenal Spellman. El evento tuvo un alcance nacional. Era la primera vez que la comunidad puertorriqueña se sentía completamente en casa en Nueva York. Este mismo año, en respuesta a una petición de los obispos puertorriqueños, el cardenal Spellman asignó a Illich a Puerto Rico, como vicerrector de la Universidad Católica de Ponce. El año siguiente, 1957, Illich fundó el Instituto de Comunicación Intercultural en esta universidad. Durante los quince años siguientes, miles de sacerdotes, de hermanas, de hermanos religiosos y laicos pasaron por allí para prepararse a trabajar con puertorriqueños que habían emigrado a los Estados Unidos.
Iván cayó sobre Puerto Rico como un huracán. En poco tiempo ya conocía a cada intelectual importante de la isla y no tardó en volverse confidente del gobernador Luis Muñoz Marín. Yo solía enseñar durante los veranos en el Instituto fundado por él, así que lo veía con más frecuencia que cuando ambos estábamos en Nueva York. A veces pasábamos la tarde con la familia del gobernador en la terraza de su mansión; otras veces, nos reuníamos con unas luminarias de la universidad de Puerto Rico o con importantes miembros del gobierno. Mantenía estrechos contactos con miembros prominentes de la Junta de Planeación y me presentó a varios de ellos. Al mismo tiempo, era capaz de conducirme por las veredas de la ciudad de San Juan para buscar a una familia de músicos populares e invitarlos a tocar para los estudiantes del Instituto. Iba a los festivales de cantantes y danzantes populares y yo lo acompañaba. Descubrió el lugar de los Santeros, escultores tradicionales de madera y nos llevó ahí para que apreciáramos un arte en vías de desaparición. A veces, detenía su coche en playas aisladas para nadar en el mar. Los puertorriqueños le habían advertido que podían atacarlos los tiburones si no tenía cuidado. Su respuesta era entre seria y humorística: "La probabilidad de ser atropellado y matado por un carro en Puerto Rico es mucho mayor que la de ser atacado por un tiburón." Había días de intensa excitación. Tenía yo la ilusión de conocer cada aspecto de la vida de la isla. La curiosidad de Illich era contagiosa. Eran momentos conmovedores para todos nosotros, especialmente los sacerdotes y las hermanas, que tenían la impresión de ser parte de una cruzada, llenos de entusiasmo, energía y visión. Illich tenía la capacidad de inspirar. Este espíritu nos acompañaba de regreso a Nueva York e insuflaba vida en nuestros esfuerzos para que los puertorriqueños se sintieran en casa en esta ciudad. Comunicaba su carisma a casi todos nosotros, aunque no a todos. Hubo muchas críticas. Un acontecimiento desafortunado precedió su llegada a la Universidad Católica de Ponce. El rector anterior, el padre William Ferree, era un hombre de brillante visión, como el propio Illich. Era uno de los obispos que habían urgido al cardenal Spellman para que asignara a Illich a Puerto Rico. Pero poco antes de su llegad, a fines de 1956, Ferree fue electo para ocupar un cargo en Roma, y un sacerdote muy poco seguro de sí mismo, carente de las habilidades de Ferree, tomó su lugar. El pobre hombre tuvo que enfrentar la tarea de arreglárselas con el incómodo Illich. Se generó una situación penosa para el rector y frustrante para Illich.


Durante este periodo Illich dio uno de sus sermones y conferencias más impresionantes. Escucharlo era una experiencia conmovedora. A veces, la respuesta de la asistencia era un aplauso atronador, otras veces, un silencio extasiado. Dos ejemplos de estas conferencias fueron publicados en una pequeña colección de ensayos titulada The Church, Change and Development . Uno de ellos, titulado "Missionary Poverty" ("La pobreza del misionero") era la conferencia con la que Illich inauguró el Instituto de Comunicación Intercultural en 1957. Partiendo de las referencias evangélicas, se valía de la analogía de la palabra de Dios expresando la divinidad en forma humana. "Para comunicarse perfectamente al hombre, Dios tuvo que asumir una naturaleza que no era la Suya, sin dejar de ser lo que era. En esta luz, la encarnación es el prototipo infinito de la actividad misionera... el misionero es el que abandona lo propio para llevar el Evangelio a los que no son los suyos...". Illich seguía trabajando sobre el amplio espectro de las diferencias culturales en cuyo seno la palabra de Dios puede expresarse. La pobreza del misionero es el reconocimiento de que la expresión de la palabra de Dios propia de su cultura original no es la única posible. De hecho, el misionero tiene que hacerla de lado para permitir que la Palabra se exprese en el contexto de una cultura que no es la suya. Este desapego tiene que ir más allá de la renuncia a las comodidades, más allá de los afectos y oportunidades de expresión personal; la pobreza misionera debe imitar el "vaciamiento de la divinidad" involucrada en la Encarnación de Dios que se vuelve hombre. Un artículo paralelo, "Missionary Silence" ("El silencio del misionero"), incluido en el libro referido, presenta otro aspecto del mismo consejo a los misioneros: escuchen lo que las personas de otra cultura tratan de expresar tanto con sus silencios como con sus palabras. Aquí también, Illich construye su argumento en el contexto de los evangelios: el silencio de María, en el momento en que concibió al Verbo de Dios; su silencio mientras éste crece en ella; el silencio, no de la muerte, sino del misterio de la muerte. Illich entreteje su mensaje con referencias evangélicas e ilumina así las sutilezas de lo que trata de decir, de tal manera que abre a sus oyentes a visiones sorprendentemente nuevas. Estos fueron los tiempos en que se expresaron las grandes dotes proféticas de Illich, profundas intuiciones en las realidades espirituales acompañadas por una gran habilidad para ilustrarlas con ejemplos sacados de las rutinas cotidianas. Estos dones los siguió impartiendo en los primeros años de su estancia en Cuernavaca. Los que conocimos bien a Iván no nos sorprendió cuando sus brillantes talentos cambiaron de terreno y se enfocaron al análisis de las instituciones. Hay que recordar que antes de que volcara su atención sobre las escuelas, la medicina y el lenguaje, sus primeros esfuerzos críticos tuvieron como objeto a la iglesia católica y la manera como ésta había institucionalizado el sacerdocio.
Ya en los días de Puerto Rico, Iván trató frecuentemente la cuestión del sacerdocio. Era pocos antes del Vaticano II. Todos entendimos que no estaba impugnando el sacerdocio en su sentido esencial, sino la manera en que había sido "institucionalizado" por la Iglesia católica en los últimos siglos. Previó los retos que los cambios sociales estaban planteando a la Iglesia, y trató de alentarnos en la vigilancia y a prepararnos. Mucho antes de que publicara en The Church, Change and Development algo sobre este tema, lo había comentado con nosotros y había provocado controversias. Se podría resumir su argumento así: La Iglesia institucionalizó el sacerdocio en torno a cuatro características: 1) el entrenamiento en el Seminario, 2) el celibato, 3) el servicio a la Iglesia como funcionario de tiempo completo, 4) la dependencia económica de la institución. Trataba de hacernos ver que estas estructuras institucionales constituían lo que el llamaba "el clérigo" -y no al sacerdote en sí- y que eran susceptibles de cambios. Nos urgía considerar las formas en que estos cambios podían darse. Cuando este argumento se publicó en The Critic, ya se había realizado Vaticano II y los cambios estaban ocurriendo. El lenguaje de Illich era incisivo, devastador. Describía una estructura institucional empecinada en la destrucción. Ya estaba marcado por el estilo intensamente crítico de La sociedad desescolarizada y de La convivencialidad.Poco a poco, sucedió que la mayor parte de mis escritos fueron intentos de explicar lo que Illich estaba diciendo y esfuerzos para ubicarlo en un contexto que tuviera sentido para una gran variedad de auditorios.

 
Para entonces, la continuación de su acción en Ponce se había vuelto cada vez menos posible. En la controversia política en que la Iglesia de Puerto Rico se empantanó durante las elecciones de 1960, Illich perdió el apoyo de los obispos, que habían lanzado su propio partido. Fue declarado persona non grata y se le pidió abandonar la isla. Volvió a Nueva York; luego pasó varios meses recorriendo América Latina a pie. Después de este viaje, hizo un trato con la Universidad Fordham que patrocinó la fundación de un nuevo centro de entrenamiento en Cuernavaca, el Center of Intercultural Formation (CIF) . El Cardenal Spellman le concedió una licencia de cinco años para lanzar el proyecto mexicano. El CIF empezó sus actividades preparatorias en una vieja barraca del Bronx, el Silk Hall, Room 13, como recordamos el lugar. Pero aquí empieza otro capítulo de la historia de Illich. Durante mis años de asociación con Illich, siempre sentí que tenía yo una mirada privilegiada sobre la próxima generación. Era y siempre es un hombre de una brillante perceptividad. Verlo tan poco en los años posteriores fue para mí una gran privación. Solía anhelar las semanas y los meses durante los cuales trabajábamos en las versiones sucesivas de uno de sus libros por publicar. Cuando el libro salía, siempre me sentía bien preparado para ayudar a la gente a entenderlo. Iván siempre me dijo que un día iba a escribir un libro para revelarme la inutilidad del concepto de "estructura" o de "sistema" social. No tengo la menor duda que lo habría podido hacer y que eso habría sido otra etapa de la educación de Joseph Fitzpatrick por Iván Illich. Pero yo le decía que antes de hacerlo tenía primero que reconciliarse con las instituciones. Decía frecuentemente, sobre todo en Cuernavaca, que iba a "desinstitucionalizar la Iglesia en América Latina". Y yo le contestaba que no parecía darse cuenta de que lo que iba a hacer era "institucionalizar la desinstitucionalización de la Iglesia".

Después de sus feroces ataques a las instituciones, le han preguntado varias veces lo que sugiere para remplazar lo que, según él, va a desaparecer. Mientras escucho los rumores de estas controversias, mi espíritu vuelve al "Cuartito de María". Dejen que la vida se exprese espontáneamente en el contexto de lo cotidiano. Las instituciones sólo deberían existir para apoyar a la gente que hace lo suyo. No les impongan ninguna estructura preconcebida. De hecho, a pesar de la notoriedad de su súper crítica de las instituciones modernas -que yo aproveché enormemente- siento siempre que cuando hacemos juntos las oraciones vespertinas o cuando asiste devotamente a la misa estoy con el verdadero Iván.

 
Siempre he sabido que el deseo de Dorothy Dohen, de que Iván volviera al ministerio pastoral era fútil. Pero, al mismo tiempo, espero que la visión profética de aquellos días en la Encarnación y en Ponce se podrá manifestar otra vez claramente en los escritos en que proyecta con tanto brillo las características del mundo por venir.

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